El autor: Lydia Anoz
Lydia Anoz ha sido para la mayoría la esposa de Pedro Mª Irurzun, pero se ha olvidado que fue algo más. Una fotógrafa excepcional dada su trayectoria y el tiempo de posguerra que le tocó vivir. El periodo 1946-1951 es el de su aprendizaje fotográfico de la mano de su esposo, y en el que dio sus primeros pasos como salonista, expositora y socia de la Agrupación fotográfica guipuzcoana. Todo ello excepcional para una mujer por aquello tiempos de limitaciones en casi todo, y sequía creativa en la Fotografía artística española. Una fotógrafa que además optó por un género dificil y exclusivo como el de las Composiciones con objetos y Naturalezas muertas. Tras un periodo de ostracismo voluntario tras la muerte de Irurzun, retomó en los años setenta, con fuerza, el género del retrato que no abordó antes por razones obvias... Ese fue el comienzo de un nuevo periodo creativo que nos ofrece todo tipo de imágenes dentro de su tiempo: paisajes, metáforas visuales, en suma un conjunto de miradas muy personales que nos descubren la verdadera dimensión olvidada de esta fotógrafa por derecho propio.
Celia Martín Larumbe

  La obra: Dos ausencias
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Lydia Anoz no es un valor por descubrir. Desde que comenzó su madurez artística su obra nos muestra toda su peculiar riqueza estética y formal. Ella misma procuró los medios para hacerse valer, para mostrar su obra en los diferentes salones internacionales, para que el observador se admire, se deleite, y descubra todo su arte. Sin duda se puede considerar la fotógrafa navarra más importante del siglo XX. Y aquí no intentamos hacer un ejercicio de halago gratuito, como si en la corte de Versalles nos encontráramos, la verdad es la verdad y como tal hay que proclamarla sin miedo a una falsa modestia.
Quien sea capaz de descubrir otra fotógrafa en Navarra durante la década de los 50 y 60 con más valor artístico que lo diga, y haremos la valoración oportuna, mientras tanto Lydia poseerá lo que en justicia le corresponde, que es el primer lugar en el podium de las artistas navarras de una época en la que la mujer no podía o no debía intentar conseguir un puesto en el plano de la cultura y del arte.
Lydia adquirió una formación técnica y artística de manos de su marido Pedro María Irurzun (uno de los miembros fundadores de la AFCN, y que una selección de su obra inauguró la Fotogalería Contraluz-AFCN). Sin duda Pedro María fue otro de los gurús de la fotografía navarra de mediados del siglo XX. Pero si se estudia con detenimiento el trabajo de Lydia se pueden observar diferentes maneras de interpretar la realidad, se nota que Pedro María le dejó rienda suelta a la hora de realizar sus encuadres, sus composiciones... En definitiva, Lydia tiene un arte y un oficio distinto y muy personal.
Ese estilo está definido por la frescura de las composiciones, por la sencillez de los modelos, por una técnica en el copiado en la que prima el cuidado de las cosas más pequeñas y casi ignoradas por los que tienen prisa por acabar el trabajo en el cuarto oscuro.
La primera etapa de Lydia la definió la crítica de arte Ana Menéndez como “Minimalista”. Explicaba que con unos recursos escasos y sencillos consigue unas composiciones llenas de impacto visual. Menéndez explicaba que en fotografía menos es más, y que sus fotografías nos muestran un amplio abanico interpretativo en el espectador.
Aunque tal vez la persona que más ha estudiado los trabajos de Lydia haya sido Celia Martín, gran conocedora de la historia de la fotografía en Navarra y que hizo un espléndido estudio de Ardanaz con una tesis doctoral de incalculable valor. Celia nos habla de ese periodo entre 1945 y 1950 en el que las composiciones de Lydia en el estudio con flores y objetos demuestran un exquisito gusto y una refinada visión del mundo y de la vida.
La segunda etapa de Lydia muestra unos trabajos más llenos de humanismo. Sus paisajes nos hacen presentes al hombre del mundo rural, sus retratos psicológicos representan el alma que se interroga, que busca, y que por fin encuentra. Sus viajes por Europa evocan naturalezas muertas, desiertos en los que la naturaleza y la acción del hombre todavía no se ha hecho presente, son fotografías llenas de silencios que claman a gritos.
Sirva a modo de conclusión unas líneas escritas por Celia: “La fotografía (de Lydia) es una constante en la biografía de esta mujer culta, inteligente y sensible, hasta el punto de ser un lastre sentimental (...)” Ciertamente la fotografía es añoranza, recuerdo de otros tiempos, de esos momentos buenos y no tan buenos, en que la vida pasada se vuelve a hacer presente, y en tales ocasiones la nostalgia suele hacer arrancar a los ojos unas lágrimas de amor.
Juan Cañada
Vicepresidente de la AFCN